En un principio los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo con fines científicos. Comenzaron a filmar la llegada de los trenes, la gente caminando por las calles, sus reuniones familiares, etc. y cobraban cinco centavos para que el público se maravillara con aquellas fotografías móviles. Pronto, muchos otros se iniciaron en esta nueva actividad y todo estaba bien. En eso, apareció George Méliès, quien ya no quería filmar cosas que se podían ver sin necesidad del cinematógrafo. Entonces se dedicó a crear sus propias historias, no solo en este mundo sino también en otros. Él fue el primero en llevar el cinematógrafo a la Luna, por ejemplo. A Méliès se le sumaron otras personas que también contaban historias novedosas y originales y todo estaba bien. De repente, alguien quiso materializar a los personajes de una novela romántica. Comenzaron las adaptaciones. Sin embargo, las ideas creativas no se acabaron.
El frenetismo por la rentabilidad económica del cine fue tal que en poco tiempo se formaron grandes estudios con productores, directores, guionistas, editores y actores. En un lugar del valle de los ángeles, se formó la primera civilización industrial cinematográfica. Poco a poco llegó gente de todas partes del mundo para probar suerte y convertirse en grandes estrellas y todo estaba bien. Las grandes estrellas interpretaban a grandes personajes y la gente copaba las salas de cine por ver a su actor o actriz preferido luchando contra todo tipo de villanos y adversidades, buscando el amor de sus vidas o simplemente arrojándose pastelazos en la cara mientras los perseguía la policía. Las innovaciones siempre estuvieron presentes. Entre una de esas tantas, estuvo darle sonido a las imágenes. “Señor Keaton, está despedido. Bienvenido señor Welles”. Luego, alguien pensó en colorear el ecran. “Descanse en paz doctor Caligari. ¡Dorothy, entra en escena!”
Muchas cosas ocurrían a espaldas de las cámaras, pero nunca fueron conocidas por aquellos que pagaban con tal de salir de su rutina diaria al ver una película. Pasó el tiempo, hubo grandes directores y grandes guionistas, grandes actores y grandes actrices, y también grandes desastres. Primero, una guerra. Luego, la banca rota seguida por otra guerra. Después, la desmitificación de las grandes estrellas. Las constelaciones de la Metro, Paramount, Universal y tantas otras colapsaron con los escándalos.
Pasado todo esto, llegó un pequeño halo de esperanza de la mano de jóvenes directores. Ellos innovaron la producción cinematográfica escribiendo guiones basados en ideas frescas y novedosas, dando un nuevo color y sonido a las imágenes, etc. Ahora que todos ellos han muerto, el cine se encuentra en su peor momento. Esta vez el “sétimo arte” parece estar con los días contados. Las aberraciones son mucho más frecuentes en las salas de cine desde que fueron invadidas por bestias digitales. Una gran desgracia se avecina y ni siquiera John Wayne podrá salvarnos.
El frenetismo por la rentabilidad económica del cine fue tal que en poco tiempo se formaron grandes estudios con productores, directores, guionistas, editores y actores. En un lugar del valle de los ángeles, se formó la primera civilización industrial cinematográfica. Poco a poco llegó gente de todas partes del mundo para probar suerte y convertirse en grandes estrellas y todo estaba bien. Las grandes estrellas interpretaban a grandes personajes y la gente copaba las salas de cine por ver a su actor o actriz preferido luchando contra todo tipo de villanos y adversidades, buscando el amor de sus vidas o simplemente arrojándose pastelazos en la cara mientras los perseguía la policía. Las innovaciones siempre estuvieron presentes. Entre una de esas tantas, estuvo darle sonido a las imágenes. “Señor Keaton, está despedido. Bienvenido señor Welles”. Luego, alguien pensó en colorear el ecran. “Descanse en paz doctor Caligari. ¡Dorothy, entra en escena!”
Muchas cosas ocurrían a espaldas de las cámaras, pero nunca fueron conocidas por aquellos que pagaban con tal de salir de su rutina diaria al ver una película. Pasó el tiempo, hubo grandes directores y grandes guionistas, grandes actores y grandes actrices, y también grandes desastres. Primero, una guerra. Luego, la banca rota seguida por otra guerra. Después, la desmitificación de las grandes estrellas. Las constelaciones de la Metro, Paramount, Universal y tantas otras colapsaron con los escándalos.
Pasado todo esto, llegó un pequeño halo de esperanza de la mano de jóvenes directores. Ellos innovaron la producción cinematográfica escribiendo guiones basados en ideas frescas y novedosas, dando un nuevo color y sonido a las imágenes, etc. Ahora que todos ellos han muerto, el cine se encuentra en su peor momento. Esta vez el “sétimo arte” parece estar con los días contados. Las aberraciones son mucho más frecuentes en las salas de cine desde que fueron invadidas por bestias digitales. Una gran desgracia se avecina y ni siquiera John Wayne podrá salvarnos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario