sábado, 8 de diciembre de 2007

Walt Disney conoció casualmente al ratón Mortimer en un espectáculo de vodevil. El entonces desconocido Mortimer era parte del grupo La ratonera que esa noche presentaba una adaptación libre de Los tres mosqueteros. A pesar de que Mortimer no interpretaba a D’artagnan, aquella noche tan especial se las ingenió para llamar la atención del público gracias a su personaje improvisado a último momento por su tío y productor del montaje, William Mouse.
Los Mouse se habían propuesto llegar al rentable Hollywood en el menor tiempo posible. El vodevil ya no era un negocio rentable, así que querían asegurarse la vejez entre la floreciente farándula cinematográfica. La incapacidad para el ahorro de William tornaba imposible cualquier negocio a largo plazo y a Morti lo único que le interesaba de un negocio eran las ganancias. Entonces estaba claro que necesitaban dos cosas: dinero y alguien que lo administrara. Cuando los ratones se enteraron del éxito de Disney y de todos los grandes pronósticos de la crítica para este prodigioso joven director y productor no dudaron al escogerlo como su futuro socio capitalista. La llegada “casual” de Walt Disney aquella noche, era en realidad una estrategia de los Mouse. Por ese entonces, trabajaba con Disney un actor cómico de mediano éxito llamado Oswald Rabbit. Rabbit había formado parte del elenco inicial de La ratonera, del que se apartó al poco tiempo para tentar suerte con las películas. Para él, conocer a Disney si fue una total casualidad y un gran éxito, por cierto. Aprovechando esta vieja amistad, Mortimer y William Mouse convencieron a Oswald de asistir junto con Disney aquella noche. Hecho el pacto entre los ratones y el conejo, solo faltaba convencer a alguno de los actores que hacía de mosquetero de cederle su papel a Morti. Ninguno acepto y ante el posible bodrio que avizoraba cualquier discusión previa a la presentación, William Mouse decidió agregar un personaje ajeno a la trama original, excusándose en la naturaleza libertina del montaje.
El personaje encantó a todo el público a pesar de la colosal licencia de adaptación. Las ovaciones del público delante del escenario y los reproches del elenco detrás del telón para con Morti y su tío le daba a la situación una atmósfera digna de llevar a las pantallas de cine. Visto esto, lo mejor para ambos ratones era bajar del escenario y buscar el tan ansiado encuentro con Walt Disney. Oswald se había encargado del ablandarles el terreno así que después de las presentaciones de rigor, se sirvieron el mejor cognac de la casa, charlaron como entrañables amigos (algo común en Disney), acordaron la importancia de llevar actores experimentados en teatro y vodevil al cine y que mejor ejemplo que el éxito actual de Oswald y porque no el futuro suceso de Mortimer, brindaron por eso y por mucho más, y para cuando solo quedaban los cuatro en el local el negocio estaba oleado y sacramentado: los Mouse irían a Hollywood.



(...)



Escena 1. Toma 5.
La escena transcurre en un río en el bosque. Aparece un botecito por el lado derecha. La cámara hace un plano general de la escena. Luego, un primer plano al nombre del bote. Después, otro al ratón que navega el botecito. Él está silbando y balanceándose mientras manipula el timón. Cambio de cuadro. En una de las orillas, un chico y su novia hacen un picnic (risas de la novia, miradas coquetas). La cámara regresa con el ratón en el bote. Continúa silbando hasta que nota la presencia de los otros dos personajes. Hace un saludo con la mano. Cambio de cuadro. El chico y su novia, que también lo han visto, responden al saludo. La novia se acerca a la orilla y vuelve a saludar al ratón esta vez con más entusiasmo. Llama al chico para que también lo salude. El chico se acerca a la orilla y debe saludar.
Repentinamente, el chico tropieza y no consigue saludar al ratón. Se escucha a alguien gritar ¡cooorte! Es el director. Es la quinta vez que el chico comete un error y parece haber desesperado a todos. Después de los reproches del director, el chico busca apoyo en la mirada de sus compañeros actores. No lo consigue. El ratón se ve disgustado debajo del humo de su habano y la novia está más preocupada por el maquillaje y el peinado de su personaje. El chico baja la mirada pero es inútil. Ni si quiera el suelo logra consolarlo (sobre todo después de cinco tomas fallidas). Antes de reiniciar la filmación el director se acerca al chico con aire amenazante. “Espero que sea la última vez que fallas o si no, te despido”, dice. Cambio de amenazante a paternalista. “Yo sé que puedes… hacerlo”, prosigue. Nuevo cambio. “Así que deja de jodernos la paciencia a todos y no te equivoques de nuevo”. Se reanuda la escena. Después de haber terminado de fumar, el ratón regresa a su sonrisa plástica. La novia no necesita hacer esto. No en vano se apellida Maliboo. Todo el equipo está preparado. El director grita ¡acción! y listo. Todos esperan que el chico no se tropiece esta vez. Por cierto, el chico soy yo.



(...)



“Si quieres ganar dinero cuando crezcas debes pensar en otra cosa que no sea dibujar animales raros”, dijo hace mucho tiempo un padre de familia preocupado por el futuro de su hijo. El pequeño no hizo mucho caso a lo dicho por su padre y continuó dibujando perros, gatos, lagartijas, mariposas y cuanto animal conocía- o imaginaba. Seguramente esto fue lo que impulsó a su padre para que lo alistara en la Fuerza Aérea. El muchacho no replicó. “Si mi mente ya está por los aires, entonces mi cuerpo también podrá hacerlo”, pensó. Cinco años después, el joven soldado Walter Elías Disney era ascendido sargento. Sin embargo, su insistencia en dibujar no disminuía. El sano entretenimiento de un niño se había convertido en una vocación y también en un conflicto familiar tremendo. Lo único que truncó la carrera militar de Walter Disney fue la inminencia de la Primera Guerra Mundial y las súplicas constantes de doña Agnes, su madre, quien le rogó al jefe de la familia Disney para que su hijo mayor no pierda la vida brutalmente y tan lejos del hogar.
Maldita la hora en que el padre de Walt Disney no lo envió a la guerra. Si lo hubiera hecho, el muy desgraciado no hubiera ganado los quinientos cincuenta dólares del concurso de tiras cómicas organizado por el Inquirer de Chicago, ni hubiera realizado su primer corto animado con dinero del premio, ni fundado la Disney Films Company con lo ahorrado después de recaudar más de dos mil dólares con su primeros diez cortos y mucho menos hubiera podido despedirme esta mañana.

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